El mito de las Amazonas
A raíz del último día mundial contra la violencia hacia la mujer, aparecieron por la prensa cifras aterradoras del maltrato sufrido por ellas a manos de los varones. Si a ello agregamos prácticas socioculturales machistas, que van desde la obligatoriedad de taparse, la prohibición de realizar ciertos actos, hasta mutilaciones y asesinatos públicos. Muchas veces me he preguntado cuál es el trasfondo de todo esto; qué explicación sico-social se podría dar para entender tanta brutalidad y abuso.
La práctica sistemática de la dominación, de un segmento de la sociedad sobre otro, se estima que no tiene más de cinco mil años. Es decir, desde la aparición del Homo Sapiens Sapiens, la humanidad vivió unos 45 mil años en relaciones horizontales, igualitarias. Varias investigadoras hablan de sociedades matrísticas o matricéntricas, de las que se conservan restos arqueológicos; hoy subsisten algunos pueblos indígenas –como los Moso, en China- que nunca fueron completamente avasallados por invasiones patriarcales.
Creo que el mito o leyenda de las Amazonas no ha sido suficientemente interpretado y que de su análisis puede alumbrar la comprensión del fenómeno. Primero, hay que tener presente que el mito fue creado y transmitido por los vencedores: originalmente los griegos. Sabemos que éstos fueron el producto de sucesivas invasiones de pueblos indoeuropeos desde el norte de la península balcánica (primero los aqueos y luego los dorios). Sociedades guerreras que avanzaron en su conquista hacia el sur; se estima que la última civilización matrística en caer fue la minoica, en la isla de Creta. Lo más probable es que estos invasores patriarcales, en su paso arrollador hacia el sur, encontraron la resistencia de pueblos que, aunque pacíficos, no dudaron en defenderse ante la agresión. Como las mujeres tenían gran protagonismo y participaban de igual a igual con los hombres en todas las actividades (recordar las pinturas en que se ven a mujeres y hombres haciendo piruetas arriba de los toros, en Creta), no es de extrañar que lucharan bravamente para detener a los guerreros del norte.
Los invasores, de cuyo pasado pre-patriarcal deben haber quedado algunas leyendas y mitos, tienen que haber sentido una gran impresión al encontrarse con pueblos en que las mujeres tenían igual estatus que los hombres; y para qué decir el impacto que debe haberles producido que algunas de ellas los enfrentaran en las batallas mostrando destreza y valentía. Algo en lo que podríamos llamar el “inconsciente colectivo” de los hombres debe haber hecho explosión: temores atávicos, angustias, pánico… ¿qué pudo provocar eso? Por sicología conocemos la relación entre complejos de inferioridad o de impotencia y las conductas o personalidades abusivas, sádicas, autoritarias o dominantes. ¿Qué pudo llevar a los hombres a adquirir la costumbre permanente de mantener subyugadas, aplastadas, oprimidas y desvalorizadas a las mujeres?
Poder como capacidad, potencia. En la mujer está la matriz, es la reproductora de la especie. Su ciclo menstrual la conecta con la naturaleza. Tiene mayores conexiones entre ambos hemisferios cerebrales. Embarazo, amamantamiento y crianza (por lo menos en los primeros meses de vida). Conocimiento de las plantas (hierbas), invención de la agricultura; control de la natalidad para no quebrantar los equilibrios ecosistémicos. Era evidente que de los dos sexos, era la mujer la más importante para reproducir la especie; una población de mujeres con pocos hombres no tiene problemas, en cambio, lo inverso puede llevar a la extinción.
No es de extrañarse que surgiera algún tipo de “envidia” por parte de los varones, lo que lleva a buscar formas de compensación… ¿Qué es lo que diferencia al hombre? Anatómicamente puede desarrollar mayor musculatura, tamaño y fuerza física. No tiene ciclos menstruales, por lo que su “biorritmo” es más parejo, lineal al no estar tan influenciado por las variaciones hormonales. “Ir siempre para adelante, cada vez más, conquista, expansión”. Por esto, no es raro ver que los hombres, en la división del trabajo, optaran por la caza… aunque se sabe que hubo mujeres cazadoras, es probable que en mayor número fuera una actividad de hombres.
Hubo zonas geográficas en que la caza debe haberse vuelto difícil, por razones climáticas. En ellas, el hombre debe haber entrado en competición con otros comensales (el lobo, por ejemplo), hasta llegar al punto de querer excluirlo, lo que habría llevado al origen del pastoreo: rebaños encerrados y “protegidos” de los otros depredadores.
La exclusión pasaría a convertirse en un patrón o pauta relacional, y lo que en un principio fueran formas de compensación “sanas” pasarían a ser reemplazadas por búsqueda “violenta” de compensación. Es posible que los hombres “proyectaran” la conducta excluyente hacia las mujeres, y empezaran a temer que ellas llegarían a prescindir de ellos; con ello llegamos a uno de los más grandes temores: la extinción del género. Y es este pánico el que se refleja en el mito de las Amazonas, al presentarlas como un pueblo de mujeres que mantenía sólo un pequeño grupo de hombres -como sementales- y que al nacer un niño varón, lo enviaban a las tribus de los padres o los sacrificaban. Para reafirmar esta idea de la “proyección”, recordemos que es justamente en sociedades patriarcales donde muchas niñas son asesinadas al nacer por considerarlas una carga para las familias.
Con ello tenemos el cambio del Poder-capacidad creativa, de las mujeres, por el Poder como dominación, instaurada por los hombres.
¿Cómo volver a modos de compensación no violentos? ¿Cómo transitar del poder-dominio al poder-capacidad, creatividad?
Identidad masculina; sin complejos en un contexto de horizontalidad (la palabra igualdad conlleva confusiones)
John Holloway: “Cómo transformar el mundo sin tomar el poder”


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